Por Diana Rayón:

 

  “Todos vivimos en un mundo de fantasía e imaginación cuando somos niños, y para alguno de nosotros ese mundo de fantasía continúa cuando crecemos.”

   Jim Henson

 

Voy conduciendo en esta caótica ciudad. Los laberintos de asfalto pueden hacer que uno pierda la cabeza más de una vez y le saque uno que otro grito y señales pintorescas y peculiares, reflejando lo monstruos que nos podemos transformar día con día. Veo la coreografía que se presenta frente a mis ojos. Coches azules, rojos y negros que zigzaguean para alcanzar una velocidad que les permitirá robar un poco de tiempo y llegar a casa con sus amigos, familia o su amante -se dan casos-.

A mi coche le decimos “El cochino”, siempre es una belleza de polvo. Así que El Cochino me hace más ligera la carga en esta ciudad, porque puedo ir de un lado a otro, tratando de no toparme con las horas pico. Aun así, puedo ir del oriente al sur, y del sur al norte y de regreso, en muchas ocasiones ir hasta Pachuca o dar clases en Ojo de agua Tecámac. Con todas las fantasías que cargo en mi cajuela, llena de vestuarios, escenografías y maletas El cochino se vuelve único, un corcel que cabalgo por la ciudad.

Un día se me ocurre dar vuelta en una calle para no toparme con la rutinaria vida del coche y el tráfico, giro a la derecha y es ahí cuando aparece este ser metálico de fuego. Debo confesar que adoro encontrarme estos personajes regados por la ciudad. Es una bella forma de olvidarte de los 2, 3 y hasta 5 minutos que dura un semáforo. Este ser, mueve el fuego de un lado a otro sin que se caiga, perfección absoluta. Y el final es algo maravilloso, poniendo el fuego en la corva de su pierna derecha. Regreso de la fantasía, aplaudo, sonrío y me dispongo a darle un par de monedas.

 

No es el único artista que me topo regado por la ciudad. Hay tantos que el espectáculo por las calles es una constante. En cada semáforo busco emocionada el siguiente acto y aparece; contorsionistas con listones de sangre, el hombre con la nariz de sombrilla, el hombre de mercurio.

Algunos son artistas que empiezan a sobrevivir dando funciones por unos pesos en la calle, otros son artistas por necesidad pura, algunos ya con cierta edad, nos hacen pensar que lo hacen por amor a su trabajo o por la necesidad de no tener teatros. A todos ellos, mis respetos. Me hacen sentirme de nuevo como una niña que aún se emociona y se sorprende con cada maniobra fantástica, son personajes perfectos que viven en esta ciudad impía.

Hace años había una compañía de danza, Asalto diario, que se dedicaba a presentarse en la calle, en los semáforos, una acción artística callejera. Debemos regresar a ese intento dadaísta de sacar el arte a la calle. Hay muchos que ya lo hacen, y aunque la mayoría es por falta de recursos, de un teatro o de espacios “dignos” para sus obras, logran acercar al público a su obra.

Con una ciudad tan mágica, no hay pretextos para no pasarla bien en el coche -aunque la gasolina haya subido- en el transporte público o caminando. Uno ve la fantasía ahí, frente a sus ojos y tendemos a pasarla de largo.
Los dejo con una de las fotos que más me cautivó. El malabarista sobreviviente que dice que no es artista, pero para mí es uno de los nuestros. Él solo busca salir adelante en esta ciudad y darnos un poco de entretenimiento o regalarnos, a transeúntes, ciclistas y conductores, una visita a un mundo olvidado en la niñez.