Por: Diana Rayón

“Cuando sientas que el sufrimiento te domina y se infiltra en
todo tu ser como si quisiera paralizarte, que se aviva en tu interior
y que tu vida se detiene instantáneamente, utiliza todo lo que
tengas para que arda todo en tu interior […]”
Ciorán

 

¿Cuántas veces hemos terminado una función con una torcedura, un esguince, un desgarre, por el amor al arte o simplemente por qué el show debe continuar?

Este año cumplo 16 años de carrera profesional en la danza, sin contar que desde los 4 años estuve en clases de ballet y después en folklore, para después dedicarme de lleno a la danza contemporánea; 30 años de dosis extremas de movimiento al cuerpo.

Los bailarines somos considerados como cuerpos etéreos, delicados y somos subestimados. El escenario es el lienzo donde se trazan las emociones que nacen del movimiento y parece tan sencillo. La realidad es que el desgaste que sufrimos es semejante al de un deportista de  alto rendimiento y puede provocar lesiones en un gran porcentaje de nosotros.

En el 2002, mi cuerpo era más joven y no tenía piedad de él. La competencia por ser un bailarín reconocido, viajar, ganar premios, becas, tiene un precio muy alto. La factura me llega 13 años después del tamaño de un libro. 

En el 2014  a mitad de  una función en el museo de San Carlos que formaba parte de mi proyecto para la Beca de Jóvenes creadores del FONCA ,sufrí un accidente mientras realizaba una escena en donde mi pareja de baile debía brincar sobre mí, fue un mínimo descuido que provocó que mi cuerpo se proyectara al piso de concreto, recibiendo las rodillas el impacto más  fuerte. Pero el show debía continuar, terminar con la frente en alto sin que el público se diera cuenta de todo lo que se dejó en el escenario, y literalmente para mí, dejé las rodillas y el cuello estampados en el piso de piedra. 

Al principio mi preocupación era el dolor intenso  que sentía  en el cuello por lo que guardé una semana de reposo absoluto con collarín para reponerme. Esto ya lo había vivido antes  y estaba segura que con eso bastaría; pero dos días después, cuando ya me sentía mucho mejor, de la manera más casual, mientras tocaba el piano  -¡vaya riesgo para el cuello y las rodillas!- de la nada, se duerme mi brazo izquierdo y no puedo respirar del dolor, las rodillas se vuelven de piedra y el simple hecho de tratar de caminar me agobia. Asisto con mi doctor particular y su diagnóstico es: desgarre nervio-cervical y desgarre de meniscos.

-¿Chocaste? ¿Te atropellaron?- Eso pensaba mi doctor que había pasado al ver la seriedad de mis lesiones. Nunca imaginó que fuera bailando, porque la danza es vista como una actividad delicada en donde el cuerpo no está en riesgo. Al enseñarle el video de la función, me dice que lo que hago es de alto impacto, similar a la actividad de un deportista de alto rendimiento. 

Estando a tan solo  seis meses de la entrega final de la beca  y algunos compromisos que tenía en la escuela en donde impartía clases, no me permiten detenerme por lo cual sólo guardo una semana de reposo acompañada de unas dolorosas inyecciones para poder continuar.

Recorro la ciudad como todo bailarín que da clases hasta lugares muy lejanos, con muletas y collarín. Dentro de mi compañía encuentro mi reemplazo, pero el trabajo como docente, lo pierdo porque mi jefa consideraba que una maestra de danza lesionada da una mala imagen para su escuela. Termino mi beca con la frente en alto pero el cuerpo destrozado. El resultado de todo ese esfuerzo, por permanecer en el medio de la competencia y del sobrevivir a diario en esta ciudad: Varias intervenciones quirúrgicas muy agresivas ocasionando que deje, no solo los escenarios, sino detener todas mis actividades, incluso caminar por espacio de seis meses. Diifícil ¿no?

Una lesión te puede llevar a perder el papel de la obra, los viajes, la escuela, el reconocimiento, el trabajo y tu manera de vivir. No sólo eso, la mayoría de los coreógrafos y maestros te exigen más allá de las posibilidades del cuerpo, quieren que seas un súper héroe y muchas veces lo logras y sales bien librado y otras, con una cuenta enorme endosada al cuerpo. Horas de ensayo, de 4 a 8 horas diarias, sin sueldos para comer bien y algunos espacios no adecuados para bailar.

Esto es lo que vivimos los que nos dedicamos a la escena. Malas condiciones, malos pagos, mala enseñanza, cero educación en temas de lesiones y como sobrellevarlas. Somos gasolina que se enciende. Somos máquinas que trabajan todos los días pero necesitan el mantenimiento adecuado. La cultura de “somos reemplazables” nos incita a seguir activos hasta que el cuerpo literalmente se rompa. Entonces ¿hasta que punto vale la pena sacrificar toda tu carrera por la estadía en una compañía, un solo o perderte un viaje? 

Nadie nos advierte del peligro de la competencia en la danza y el desgaste que se generará por estar en el medio, nadie nos dice cuando decir hasta aquí y dar prioridad a nuestro cuerpo pero sobre todo una palabra que los bailarines no queremos conocer: paciencia. Decía Emanuel Kant “La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte”.

Algunos colegas a los tres días de cama se deprimen y cometen el error -yo lo hice muchas veces- de recortar el tiempo de reposo del cuerpo y una vez que nos sentimos mejor seguimos para recaer más adelante. Afortunadamente para mí, desde que me dedico a la interdisciplina y durante la lesión, me di tiempo para realizar otras actividades artísticas y controlar la ansiedad provocada por la inmovilidad.

¿Cuántos bailarines toman en serio la rehabilitación? Es un hecho, ignoramos las advertencias médicas. Algunos no tenemos el dinero para ir con especialistas que nos pueda ayudar en la recuperación. Entonces hacemos lo que está a nuestro alcance para regresar a ensayos y funciones sin el reposo adecuado. Sin embargo, existen opciones accesibles y de bajo costo como el INR (Instituto Nacional de Rehabilitación) y la UNAM, pero debemos de tomar en cuenta que el tiempo de una cita en estas instituciones de gobierno tarda de 4 a 6 meses, sólo para canalizarte y valorar si eres candidato para ser atendido en dicha institución. Debo de recalcar que el INR es la mejor opción para lesiones en bailarines y deportistas. Pero ¿estarías dispuesto a dejar de bailar el tiempo que duré el tratamiento? La decisión es tuya.

Si piensas que la rehabilitación será rápida e indolora, te equivocas; es lenta y dolorosa. Te sometes a terapias de choque: frío-calor, que son un impacto para el cuerpo. Ejercicios específicos para el fortalecimiento muscular en la zona afectada, y, en mi caso, aprender de nuevo a caminar y después a saltar. Lo más difícil fue darme cuenta que ya no podía saltar. Yo, que caía con empeines, que giraba con las rodillas, que saltaba muy alto, no podía ni hacer un relevé, ¡vaya! ni un demi plié decente. Fue cuando inicié mi terapia con la natación y  mi salvación corporal llegó. Pasar de la inmovilidad a la movilidad acuática hace que expulses endorfinas acelerando la recuperación.

No todo está perdido, bailarines. Si nos esforzamos en darle verdadero cariño al cuerpo y aprender a escucharlo siendo más inteligentes y pacientes, tendremos una vida más larga en los escenarios. Busquen opciones para seguir bailando. Haya, afuera, hay muchos maestros y coreógrafos que esperan a verdaderos intérpretes. Ejecutantes hay muchos. Intérpretes pocos, y artistas interdisciplinarios, menos. Si tu lesión es muy grave o el cuerpo ya no te deja moverte como antaño, recuerda que no todo es movimiento. Enriquece tu formación con otras disciplinas. Debemos aprender a dejar el alma en escena pero no a costa de nuestra salud.

Esta lesión me dejó el más grande aprendizaje de todos mis años. Mi vida se detuvo por momentos y tuve que arder desde mi interior, sacar todo lo negativo, para que mi cuerpo renaciera. Los años no pasan en balde, pero uno gana experiencia o lo que conocemos en la danza como “colmillo”. 

Ahora, ya camino, mi vida poco a poco ha regresado casi a su normalidad. 

Tengo mis manos que escriben, mis ojos que leen, mis dedos que acarician el piano, mi voz que canta y un cuerpo que baila. 

Sí, el show debe continuar, pero el show de la vida.

ed7dcc_8c9a1b53e749479e9f51971fcb79831fDiana Rayón 

Bailarina, Coreógrafa, Músico y escritora aún sin (auto)reconocerlo. Renuncia al Centro Nacional de las Artes para florecer en la danza a su “propio ritmo”. Ganadora del premio a mejor intérprete durante el INBA-UAM edición 2000. Acreedora de la beca de Intérpretes en el 2004 y en el 2013 la de Jóvenes Creadores FONCA. Coleccionista de metáforas,  actualmente dirige la compañía Taller de Quimeras.