“Sólo nosotros sabemos estar distantemente juntos”

Julio Cortázar

 

“Pero el amor, esa palabra”, dijo Oliveira a la Maga en la novela tortuosa “Rayuela” de Julio Cortázar. Y es que se ha escrito mucho acerca del amor, cantidad infinita de autores y textos dan su propia definición a lo qué es este sentimiento. Como artistas, somos conscientes de nuestras fibras sensibles, el escritor se estremece al encontrar esa palabra que le hacía falta; él no lo sabe, pero su cuerpo está bailando, secretamente.

Cada uno reconoce el amor a su manera, para mí, la manera de ver el amor es llegar siempre al extremo, al límite, no dejar de asombrarme y sentirme viva, llegar a esa línea en donde puedes asomarte y ver el universo que -irónicamente- hay dentro de tu cabeza. Ese es el amor puro y para un bailarín es sentir que su cuerpo le responde tal y como responden sus pensamientos. La danza es un amor salvaje.

Nos volvemos locos de amor por la danza -perdón la cursilería- aunque muchas veces sentimos que la odiamos, pero ¿en verdad odiamos a la danza o es al sistema que nos hace odiar ese bello arte?

Si me pongo a pensar en mi pasado, declarar debo que me exprimí, me consumí y llegué a reventar. Llegué a aborrecer mi propio movimiento y por ende, a la danza. Pero -oh sorpresa- era al sistema, al famoso medio de la danza que me hizo abdicar por un tiempo y recapacité; odiaba al gremio. Con el pasar de los años te das cuenta que tienes que tomar tu camino sin importar lo que pase del otro lado, la lucha está en tu trinchera.

Siendo realista, adoro toda expresión artística, y soy bailarina aunque no me guste decir que lo soy. Odio la palabra, el encasillamiento, porque me considero una artista que va un poco más allá, soy multidisciplinaria, aunque reconozco que cuando bailo, me pierdo, me enamoro del concepto que genera mi cuerpo, mi ser, mi yo.

Me atrevo a apostar a que muchos de ustedes están en la misma situación en la que estuve, la tristeza que conlleva que te cierren las puertas y no se te permite ser parte de esa élite, a pesar que eres un artista que lucha día con día para tener una función pagada. Consejo. No odiemos a la danza, ni mucho menos al gremio, debemos amar lo que hacemos, porque esas acciones nos llevarán a otros lugares maravillosos.

Podremos conocer los límites, crear nuestra propia forma de expresarnos. El cuerpo lo pide, lo exige, grita que lo amemos bailando y moviendo cada músculo, cada hueso,cada cabello.

 

 

 

Tercera llamada y nos amamos

Cuando creé la obra “El gato, el tiempo y la otredad”, me di cuenta de que mucha gente conecta con los textos terriblemente hermosos de Cortázar, de Oliveira con la Maga, en donde el amor es tan tortuoso: “Me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado […] A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige, vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”.

Hubo hallazgos porque el amor es tortuoso, es fútil y fugaz. Sufrimos por el amor, por aquello que llega y se va. Como artistas debemos PROVOCAR en el espectador infinidad de emociones y cuando logramos transmitirlo, hemos cumplido con nuestra labor. La creación de esa obra fue un reto en donde tenía que lograr que el texto y el movimiento fueran honestos. Sentir a esa pareja distantemente enamorada. Es un reto llevar una obra en donde una parte hable del amor sin caer en los estereotipos. Pero aquí viene otro punto al hablar del amor. Cuando una pareja de danza se complementa contigo y logran esa química que se necesita en la escena, no hace falta más que trabajar y crear a los personajes.

Como sabrán -o deberían saber- la conexión con un intérprete es clave para enamorar al público o no. Bailar al compás de otro cuerpo es una experiencia única. Y es ahí donde está gran parte de lo que hablo. En la obra podemos amarnos y en la vida real, odiarnos -¿yo dije eso?- Esa es la magia del arte escénico.

Jugamos con el amor y lo hacemos nuestro por un instante. Recuerden que el amor es una emoción pasajera y si como bailarines somos capaces de bailar en una obra en donde nos amamos y podemos volver hacerlo en cada función, entonces podremos entender el amor y su manera de movernos, tanto en la danza como en la vida real.

La danza, el amante más quisquilloso

Los que nos dedicamos a la danza sabemos que una de las frases más conocidas entre los bailarines, coreógrafos y artistas es: No puedo porque tengo ensayo o no puedo porque tengo función. La danza y el arte en general, es el amante más demandante que podemos tener. Nos enamoramos de los proyectos duraderos y Cronos no es benigno con el tiempo. Dependemos completamente del tic tac del reloj y de los laberintos de arena, porque ser artistas es tener disciplina y amor a lo que nos dedicamos y eso hace que no tengamos tiempo para los demás -situación a veces terrible-.

El arte es nuestro amante envidioso y quisquilloso. Pero, experiencia propia, NO es imposible tener una pareja y tener a tu amante juntos. Podemos conseguir una excelente relación con otro artista o con alguien que no se dedique al arte y llevar una vida llena de danza, música, teatro, artes plásticas, cine, etc.

Yo tengo una pareja desde hace 16 años y ser artistas no nos ha impedido dejarnos de amar. Tantos años no son fáciles, y conozco muchas parejas del medio artístico que llevan más tiempo. Nosotros aprendimos a asombrarnos cada día, buscar nuevas salidas para seguir amándonos pero sobre todo, seguir siendo los mejores amigos.

Porque en este día que se celebra el amor y la AMISTAD -o el día de la mercadotecnia, pero aguantaré mi amargura porque ha valido la pena escribir de esto-, subestimamos la última palabra, que nos puede salvar de la rutina. Una buena amistad es también un gran proyecto artístico y todo un arte.

Provocar un suspiro a una persona es tener esa conexión que te puede sacar una sonrisa por unos momentos.

Seamos realistas, el amor es pasajero sino sabemos reinventar el día, lo mismo que el arte. Si no nos reinventamos, no habrá forma de continuar vigente.