Por: Elizabeth Martínez                                                                                                                                          @ElizabethMtzH

Esta mañana, 9 de noviembre de 2016, me levanto de la misma manera que me levanté un 2 de julio de 2012; desolada, asustada, con dolor de cabeza y una vulnerabilidad exacerbada, el mundo da un giro hoy no sólo para los EE.UU., sino para todos aquellos países que se han visto en la mira del ahora presidente Donald Jhon Trump.

Incluso, sin quererlo, no pueden dejar de rondarme las últimas letras del líder de la tribu dewamish, el jefe Seattle “Aquí termina la vivencia, y comienza la sobrevivencia del hombre”. Y antes de que vengan los comentarios típicos del “A mí qué, si no vivo en EE.UU. y no uso dólares” -Legarreta, en verdad, nadie pidió tu opinión- no me voy a desgastar tratando de explicar el por qué la presencia de este personaje en nuestro país vecino, será la cereza del pastel de lo que comenzara nuestro presidente electo democráticamente, Enrique Peña Nieto hace cuatro años.

En cambio, tendré que hablar desde aquello que sé y me atribuye; la danza. Podría proponer una utopía en que como bailarinxs, intérpretes, críticos y coreógrafos, nos agarraremos la mano y creemos una comunidad de apoyo y soporte, pero seamos sinceros, en nuestra área  -como en todas- nos hemos visto en la constante de la competencia para adquirir espacios, patrocinios y apoyos para subsistir -porque también los artistas comen-, y más cuando los recortes a la Cultura, año con año, hacen de las becas y recursos, un embudo cuya boquilla se achica ante nuestros ojos. 

Pero hay algo que sí podemos hacer y debemos hacer. El arte, como tal, tiene la función del mover consciencias y despertar el sentido crítico del espectador, y no es una función nueva. Desde la pintura donde el artista introducía elementos críticos dentro de los retratos de reyes o representantes legales, hasta las letras que se mancharon de sangre por gritar la verdad de un mundo que ama la censura.

Como bailarines, como intérpretes, somos dueños de un elemento impactante, invasivo y no en los términos de Isaac Newton que nos dice que “…ningún cuerpo puede ocupar al mismo tiempo el lugar de otro.”, sino que afectamos directamente porque es natural que el otro, como sujeto portador de un cuerpo, se sienta identificado con el movimiento.

En una tesis interminable, busco la explicación de por qué el cuerpo es un arma política imprescindible y la mejor que poseemos dentro del mundo del arte, y para ello, me baso en un ejemplo muy sencillo aunque no se trate de una pieza artística tal cual: El hombre de Tiananmén, que en 1989, se paró frente a tanques comunistas que buscaban suprimir las protestas de la Plaza de Tiananmén. La postura política y sentimiento de inconformidad de este “Rebelde desconocido” es muy clara. Un hombre hizo la diferencia para que otro ser humano dudara de sus acciones. 

El 10 de septiembre de este año, en Guanajuato, hubo otro ejemplo en que el cuerpo mostraba la inconformidad de una postura mediocre y retrógrada; un chico de nombre César, se paró, por unos segundos, frente a la marcha que efectuaba el Frente Nacional por la Familia, declarando así, abiertamente lo inconforme que estaba con este movimiento que rechaza el matrimonio igualitario.¿Conocería este chico al hombre de Tiananmén? Lo cierto es que César sabía que era su ser completo, lo que desacreditaba el pensamiento del grupo que venía como estampida, a hablar por Dios -que dice que siempre no es “Amad los unos a los otros”-. 

Reflexiono, ¿qué pasaría si como seres humanos, como mexicanos, nos paráramos en la frontera antes que el copetón región 1 imponga su muro? Independientemente de la interpretación, que puede ir desde un “Nosotros te ponemos un muro a ti” o el recibir a nuestros hermanos latinos con los brazos abiertos, el impacto de la colectividad reunida, expresando un punto de vista sin necesidad de palabras, no lograrían nada en el acto, pero sí en el pensamiento ajeno, en la reflexión ajena.

Como artistas, hay bastante trabajo por delante. Arthur Danto -al estilo en que Nietzche mató a Dios- declaró que el arte está muerto, pero después resurgió para crear un arte de índole filosófico; ya no basta con la experiencia estética, es necesario que un discurso sustente una pieza y que tenga una función. En este caso, esta función debe ser aquello que atañe a todo el mundo porque todo el mundo está en colapso: la política y la economía están comiéndose los últimos rezagos de civilidad y deja en claro la resignación a la idea de agachar la cabeza ante una minoría. ¿Cuántos golpes te vas a dar ante esta elección, EE.UU.? Los mismos que en nuestro país se han dado los príistas y vende patrias que reciben mes con mes su dinerito en esas tarjetas de Soriana -¿Qué? ¿Creías que sólo fue un mes? –

Hay una gran labor para los artistas, y más para aquellos que tenemos la capacidad de expresar con todo nuestro ser el miedo, la inconformidad, el sentir por lo que somos testigos esta mañana. Donald Trump es presidente, nuestro país está en la mira, mi México está en la mira. Busquemos de qué manera bailarinxs, coreógrafos, artistas todos, podamos despertar sentidos críticos, podamos despertar a aquellxs que siguen dormidos o andan como sonámbulos por el mundo.

DESPERTAR CONSCIENCIAS, esa debe ser, ahora más que nunca, la premisa del artista