Crónica de una amargada asidua. Instrucciones para jugar. Cortázar para niños.

Por. Sabeth Martínez

Confiésome una amargada.

De esas que no sale de casa y vive con cinco gatos, de los cuales, desgraciadamente uno le da alergia. De esas que guarda libros y libros en sus estantes y anda por la vida odiando toparse un ser humano. Por ello, ir a ver una obra infantil un domingo a la una de la tarde, me resultaba tan odioso como ir a Chapultepec un sábado por la mañana; ya saben, niños y niñas everywhere.

Esperar en la fila, el calvario de la gente que no respeta el espacio vital y se arremolina como si alguien fuera a robarse los tres centímetros que separan su existencia de la mía, la una en punto y nada que nos dejaban entrar,  estuve tentada a fumar para ver si así acaso, se alejaba de mi existencia tanto humano.

Por fin, acceso. Llevaba la cámara para robarme algunas imágenes por lo cual -y muy intencionalmente- me alejé de toda la manada de infantes que gritaban y exigían estar hasta adelante y terminé en los asientos de atrás. Me quité los lentes y ajusté la cámara -porque ambos nada más no puedo- y esperé la tercera llamada, que se escuchó entre shhhhhh y más shhhhhhh.

Telón arriba. Me encontré con un universo visualmente atractivo, una cantidad incontable de paraguas de los cuales, fluyeron tres cronopios que entre técnica y literalmente un “desmadre” de movimiento y palabras, nos iban contando algunas historias, entre las que destacaron un juego en la luna -que no era de queso- el ataque de una azafata en un viaje intergaláctico y la pérdida de un brazo y el aumento de una cola. Incluso, casi muero cuando de entre el público, un ser bajó corriendo por el pasillo central -donde estaba yo sentada- y subió a presentarse en escenario. Mancuspia, monstruo que se alimenta de leche, y vino, y leche -en ese orden- y salió un tanto ebrio, dejando a los tres cronopios seguir con sus historias, bueno, con sus Instrucciones.

Instrucciones para bailar, para cantar y para llorar, que resultaron ser más efectivas para reír. Reír por la ironía, por la teatralidad, por el sarcasmo, y ¿por qué no decirlo?, por lo filosofo y crudo de los comentarios. Llego un momento en que, sin darme cuenta, había bajado la cámara y me encontraba disfrutando la pieza por su contenido, riendo al mismo tiempo que los demás -aunque aún los mantenía a considerable distancia- y proyectando mi infancia en los cronopios aventando avioncitos de papel y mojándose en la lluvia; en su propia lluvia.

Discurso final. “No es fácil ser cronopio. Lo sé por razones profundas, por haber tratado de serlo a lo largo de mi vida; conozco los fracasos, las renuncias y las traiciones. Ser fama o esperanza es simple, basta con dejarse ir y la vida hace el resto. Ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, contrafagote, contra y recontra cada día contra cada cosa que los demás aceptan y tienen fuerza de ley.”

Fue ahí, cuando al querer volver a usar la cámara, costó un infinito trabajo porque una servidora ya estaba llorando. Instrucciones para jugar, desde mi particular opinión, es un título que atañe únicamente a los pequeños que fueron testigos de esta puesta en escena, para los adultos, para aquellos que ya olvidamos qué es ser niños -o también, aquellos que no lo fuimos- se tratan de instrucciones para olvidarnos por un momento de lo jodido que está este mundo, y que aún vale la pena sobrellevarlo, sólo por el placer infinito que resulta, ver la carita de un niño aclamando por un avioncito de papel en vuelo.

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